lunes, 2 de febrero de 2026

Chile y su influencia en el Ejército de El Salvador (siglo XX)

 


El Salvador recibió del Ejército de Chile una influencia estructural, doctrinal y cultural, heredera del modelo prusiano, que ayudó a profesionalizar la oficialidad en el siglo XX. Sin embargo, esta influencia fue parcial y progresivamente desplazada por la doctrina militar estadounidense durante la Guerra Fría. Pero no desaparecio…..

1. Modelo prusiano vía Chile

  • El Ejército de Chile adoptó desde fines del siglo XIX el modelo militar prusiano alemán (disciplina, estado mayor, doctrina, instrucción).

2. Doctrina y organización

  • Influencia en la estructura jerárquica, el concepto de Estado Mayor, planificación operativa y reglamentos.
  • Enfoque en la disciplina estricta, formación profesional del oficial y obediencia institucional.

3. Formación y asesoría militar

  • Oficiales salvadoreños realizaron cursos y pasantías en academias chilenas a lo largo del siglo XX.
  • Chile envió misiones militares y asesores a Centroamérica en distintos momentos, especialmente en instrucción táctica y administrativa.

4. Educación militar

  • Influencia en los planes de estudio de la Escuela Militar salvadoreña, inspirados en el modelo chileno-prusiano:
    • Énfasis en táctica, topografía, logística y mando.
    • Formación del oficial como “profesional del Estado”.

5. Ceremonial y cultura militar

  • Marchas, uniformes, rituales y ceremonial castrense con clara impronta prusiano-chilena.
  • Concepto del ejército como institución permanente y ordenadora del Estado.

6. Límites de la influencia chilena

  • Desde los años 50–60, la doctrina y entrenamiento de EE. UU. (Escuela de las Américas) se volvió dominante.
  • La influencia chilena quedó más marcada en:
    • Tradición
    • Formación inicial
    • Cultura institucional




CURIOSIDADES DE ESTA INFLUENCIA

1.    jajaja el paso de ganso, te imaginas con lo chiquitos que somos los salvadoreños

La estampa es bien particular. Ver a un pelotón de salvadoreños tirando el 

paso de ganso (Stechschritt) con toda la garra del mundo es un espectáculo de pura fibra.

Lo curioso es que, aunque seamos bajitos, esa marcha prusiana que nos heredaron los chilenos está diseñada precisamente para eso: para que el soldado se vea más alto, imponente y coordinado.

Es pura psicología visual de cuartel; cuando el pie sube a la altura de la cintura y cae con fuerza, no importa si medís 1.55 o 1.90, el estruendo y la sincronización mandan el mensaje de que ahí viene una fuerza disciplinada.

Esa herencia es tan fuerte que, a pesar de que desde los 80 los boinas verdes de EE. UU. llegaron con sus uniformes olive drab y sus tácticas de contrainsurgencia, no pudieron quitarle al soldado salvadoreño el gusto por la marcialidad tiesa y el uniforme bien almidonado de la escuela chilena.

2.    Juramento a la Bandera en El Salvador es el momento donde la sombra de Prusia y Chile se proyecta con más fuerza, convirtiéndose en una coreografía de acero y tradición que parece sacada de otro continente.

Ese ceremonial es puro "teatro militar" de la vieja escuela:

  • El Paso de Ganso Extremo: 
  • El Saludo y la Espada
  • La Mística del "Beso" a la Bandera
  • La Influencia en el Uniforme: Es común ver en estas ceremonias los correajes blancos, los guantes y, en ocasiones especiales, los detalles en los hombros (charreteras) que te gritan influencia de la Escuela Militar del Libertador Bernardo O'Higgins de Chile.

·         Es un contraste: por un lado, el soldado GUANACO es famoso por ser un guerrero de selva y montaña (estilo gringo/Vietnam), pero cuando llega el momento del juramento, sale a relucir ese ADN prusiano-chileno que los hace marchar como si estuvieran en Berlín en 1900.

·         ¡Soldados de la Patria! ¿Juráis ante el Altar de la Patria, cuyo símbolo sagrado es nuestra Bandera, por vuestro honor militar, sostener la integridad del territorio, defender el Pabellón Nacional como la insignia sagrada de la Patria, servir al Estado y obedecer en todas las ocasiones y riesgos al superior que os estuviere mandando, aun a costa de vuestra vida?" 




3 . Chilena, mi cabo, mi sargento , mi coronel, mi teniente.

·         Influencia del ejército chileno, que se adoptó, chilena es un castigo por  faltas menores, que consiste es ejercicios aplicados hasta la fatiga, después se llamó “chicharrón”.

·         La costumbre del “mi”, viene también de Chile-Prusia. mi  teniente, mi cabo,  mi coronel, mi general..

p   Para la  USA, es "yes,sir   !!!!°





viernes, 9 de enero de 2026

EL PATRULLERO LOQUILLO






 

Eran aquellos gloriosos años setenta, cuando el mundo estaba patas arriba: La Nueva Ola sonaba en los radios, Vietnam ardía en la tele en blanco y negro, la moda se ensanchaba hacia abajo y el pelo hacia los hombros. 

Todo eso se mezclaba y producía una rebeldía rara, medio inconsciente, pero contagiosa, la sandalias de caite, los collares de colores. 

El barrio, por supuesto, no se quedó atrás. Empezamos a copiarle cosas a la gran potencia del norte: el pelo largo, el amor y paz, los pantalones campana que barrían la acera y la música psicodélica que no se entendía, pero se sentía.

También llegó la famosa mota, una planta exótica, milenaria y, según algunos expertos del pasaje, era “medicinal”. 

Con ella también apareció un lenguaje especial, el : ! que onda men !., ¡sácatelo!, pízanlove.

y otros vocablos propios de la cultura hippie.   

Aquella hierba se enrolaba con papel de biblia, se le prendía fuego y se fumaba. 

El efecto era inmediato: uno se sentía en paz con el universo, con los vecinos, con la naturaleza y hasta con el cobrador de la pieza… aunque a veces también hacía ver luces donde no había foco.

Mientras tanto, el sistema político luchaba contra una insurrección en pañales.

Habían instituciones de represión, la política se iba poniendo caliente.

De ahí salió el famoso Servicio Territorial, una mezcla de civiles, reservas del ejército y uno que otro frustrado con ganas de mandar. 

En el barrio se les conocía como la patrulla; nosotros, con más confianza, les decíamos la descalza.

Estos personajes se reunían los sábados por la noche y salían a patrullar el barrio como si fueran a invadirnos. 

No andaban armas de fuego, pero sí garrotes y algún machete, lo cual era suficiente para que más de algún cipote saliera corriendo como atleta olímpico.

Aquella noche de sábado no pintaba nada especial. 

La majada estaba tranquila, hablando babosadas. 

Cuando empezó a rolar el material recién comprado en la calle Castillo al famoso Gallo, la noche prometía ser filosófica.

Se reunían al final de la 12 avenida, llamada por la majada "PUNTA DEL ESTE". (aunque mira al norte).

Después de la primera ronda, unos se movieron hacia el pasaje Santa Cruz; otros se quedaron sentados en los bloques de cemento donde terminaba la calle  PUNTA DEL ESTE, viendo el horizonte, esperando que la Virgen de Don Rúa se diera un beso con la luna o, por lo menos, que las estrellas platicaran entre ellas y soltaran algún secreto interesante.


Al fondo, un radio ponía Led Zeppelin a todo volumen, como para ambientar el viaje.

Choveta, Rolo, Bigote y el Lagarto estaban en la acera, relajados, hablando de sus aventuras, la última chica o la película de vaqueros del cine Avenida. 

Cuando de repente se oyó el tropel: ¡plam, plam, plam!. Ahí venía la descalza, en formación desordenada y con vocación de susto.

Los más vivos salieron disparados por las gradas hacia la 13 calle. Los más tranquilos —o ya en modo vegetal— se quedaron donde estaban.

Los patrulleros llegaron pidiendo cédula, cara seria y posición militar firme, como si estuvieran en un desfile. Eran como diez.

Bigote, mientras tanto, estaba recostado en la pared, con una pierna doblada y una bacha en la mano, completamente desconectado de la realidad nacional. 



No se dio cuenta de nada hasta que le cayó encima un patrullero, el "patrullero". .

Era un viejito de unos sesenta años, con kepis de filarmónico, chaqueta militar más gastada que llanta de bus, pantalón de civil y zapatos que ya habían pedido jubilación. Como toque final, cargaba un corvito.

El viejo se plantó frente a Bigote y le gritó:


—¡Cédula de identidad!

Bigote, en cámara lenta y con cara de iluminado, respondió con lo único que tenía a mano: una enorme bocanada de humo directo a la cara del patrullero.

El viejo primero se sacudió y luego quedó congelado. Parado, tieso, como estatua de parque. No sabía si arrestarlo, toser o pedir auxilio celestial.

Al final solo gritó:


—¡váyase a la mierda!,  dando la vuelta.

Y siguió caminando rumbo al parque, derrotado por la ciencia herbolaria y sumido en la terapia intensiva de la bocanada de bigote.

Los que estaban (estábamos jajaja) sentados en los bloques de cemento, vieron todo como película de charles chaplin. 

Primero silencio, luego risas, y al final carcajadas que se doblaban los cuerpos.  

Bigote se quedó ahí, inmóvil, como monumento a la paz.

Luego, al patrullero se le vió caminando, frente al comedor "Mil Moscas", levantando el machete, gritando solo y caminando de un lado a otro, todo loquillo, como si estuviera patrullando otra dimensión.