El sol de 1968 caía pesado sobre el pavimento frente al recien trasladado Instituto Nacional. El aire estaba partido en dos: de un lado, el murmullo nervioso de los uniformes impecables de los estudiantes llegando en los buses urbanos, pues era primer día de clases, del otro, el rugido de las pancartas de ANDES 21 de Junio y el olor a sudor y lucha, maestros y sindicalistas portando y levantando el puño izquierdo.
En medio de ese tablero de ajedrez social, un cipote de catorce años
no buscaba la revolución, sino extrañado por tan inusual suceso, luego buscó caras y ojos conocidos. Al divisar la figura de su
padre —un hombre de 59 años con el idealismo tatuado en la mirada—, el joven no
vio un símbolo político; vio a su tata y sin medir distancias ni consecuencias,
cruzó la "tierra de nadie".
Fue el Vagabundo de su propia película: jaló la diabla en los patios un beneficio de café, cargó
cajas como bodeguero, marchó en el cuartel con el fusil al hombro, sudó el
aceite de las fábricas y, finalmente, domesticó a las bestias modernas de la
época: las computadoras.
Aquel joven que "solo iba pasando" terminó estudiando economía
en la UCA y, décadas después, transformó el overol de obrero en el saco de
gerente.
Al igual que el vagabundo de Chaplin al final de Tiempos
Modernos, que se aleja por la carretera con una sonrisa a pesar de no tener
nada seguro, el cruzador de calle, demostró que la verdadera victoria camina en
la capacidad de reinventarte sin perder la esencia.
Esa es la filosofía más pura de Chaplin: la
intención es lo que nos define,
aunque el resultado sea un caos que no planeamos. Recoger la
bandera con buena voluntad es el acto de quien no tiene miedo de involucrarse
con su realidad, aunque le cueste el puesto en la fila de los "pensamientos
positivos y de éxito".
Al final, tu historia demuestra que: hay que hecharle ganas, dentro de
principios fundamentales, como la lealtad, la honradez consigo mismo, el
trabajo y la empatía con los necesitados.
Por eso años después con el “angache”, en un hospedaje del centro , le dedicó esta canción a lo que
ella, sorprendida le dijo que no la entendía….
"Un mundo raro" es, posiblemente, la
canción más profunda y filosófica de José Alfredo Jiménez. Es una letra mucho
más acorde a esta vida aventurera.
Esa frase inicial es demoledora: "Cuando te hablen de amor
y de ilusiones / y te ofrezcan un sol y un cielo entero / si te acuerdas de mí
no me menciones / porque vas a sentir amor del bueno ".
Es una canción que habla de la dignidad en el silencio y
de cómo lo que uno vivió de verdad (ese "mundo raro" que compartiste
con alguien o con tu propia historia) no se puede explicar a los que solo ven
la superficie.
EL mundo te ofrece sus títulos y rangos (su "sol y su cielo
entero").
- Pero el otro
conocé la verdad de la calle, del sótano y del cuarto frío.
- Y como dice la
canción: "Yo vengo de un mundo raro / que no sé del dolor,
que triunfé en el amor y que nunca he llorado".
Es el himno perfecto para alguien que ha visto la realidad sin filtros y
prefiere quedarse con su verdad que con las apariencias del sistema.

