lunes, 2 de febrero de 2026

Chile y su influencia en el Ejército de El Salvador (siglo XX)

 


El Salvador recibió del Ejército de Chile una influencia estructural, doctrinal y cultural, heredera del modelo prusiano, que ayudó a profesionalizar la oficialidad en el siglo XX. Sin embargo, esta influencia fue parcial y progresivamente desplazada por la doctrina militar estadounidense durante la Guerra Fría. Pero no desaparecio…..

1. Modelo prusiano vía Chile

  • El Ejército de Chile adoptó desde fines del siglo XIX el modelo militar prusiano alemán (disciplina, estado mayor, doctrina, instrucción).

2. Doctrina y organización

  • Influencia en la estructura jerárquica, el concepto de Estado Mayor, planificación operativa y reglamentos.
  • Enfoque en la disciplina estricta, formación profesional del oficial y obediencia institucional.

3. Formación y asesoría militar

  • Oficiales salvadoreños realizaron cursos y pasantías en academias chilenas a lo largo del siglo XX.
  • Chile envió misiones militares y asesores a Centroamérica en distintos momentos, especialmente en instrucción táctica y administrativa.

4. Educación militar

  • Influencia en los planes de estudio de la Escuela Militar salvadoreña, inspirados en el modelo chileno-prusiano:
    • Énfasis en táctica, topografía, logística y mando.
    • Formación del oficial como “profesional del Estado”.

5. Ceremonial y cultura militar

  • Marchas, uniformes, rituales y ceremonial castrense con clara impronta prusiano-chilena.
  • Concepto del ejército como institución permanente y ordenadora del Estado.

6. Límites de la influencia chilena

  • Desde los años 50–60, la doctrina y entrenamiento de EE. UU. (Escuela de las Américas) se volvió dominante.
  • La influencia chilena quedó más marcada en:
    • Tradición
    • Formación inicial
    • Cultura institucional




CURIOSIDADES DE ESTA INFLUENCIA

1.    jajaja el paso de ganso, te imaginas con lo chiquitos que somos los salvadoreños

La estampa es bien particular. Ver a un pelotón de salvadoreños tirando el 

paso de ganso (Stechschritt) con toda la garra del mundo es un espectáculo de pura fibra.

Lo curioso es que, aunque seamos bajitos, esa marcha prusiana que nos heredaron los chilenos está diseñada precisamente para eso: para que el soldado se vea más alto, imponente y coordinado.

Es pura psicología visual de cuartel; cuando el pie sube a la altura de la cintura y cae con fuerza, no importa si medís 1.55 o 1.90, el estruendo y la sincronización mandan el mensaje de que ahí viene una fuerza disciplinada.

Esa herencia es tan fuerte que, a pesar de que desde los 80 los boinas verdes de EE. UU. llegaron con sus uniformes olive drab y sus tácticas de contrainsurgencia, no pudieron quitarle al soldado salvadoreño el gusto por la marcialidad tiesa y el uniforme bien almidonado de la escuela chilena.

2.    Juramento a la Bandera en El Salvador es el momento donde la sombra de Prusia y Chile se proyecta con más fuerza, convirtiéndose en una coreografía de acero y tradición que parece sacada de otro continente.

Ese ceremonial es puro "teatro militar" de la vieja escuela:

  • El Paso de Ganso Extremo: 
  • El Saludo y la Espada
  • La Mística del "Beso" a la Bandera
  • La Influencia en el Uniforme: Es común ver en estas ceremonias los correajes blancos, los guantes y, en ocasiones especiales, los detalles en los hombros (charreteras) que te gritan influencia de la Escuela Militar del Libertador Bernardo O'Higgins de Chile.

·         Es un contraste: por un lado, el soldado GUANACO es famoso por ser un guerrero de selva y montaña (estilo gringo/Vietnam), pero cuando llega el momento del juramento, sale a relucir ese ADN prusiano-chileno que los hace marchar como si estuvieran en Berlín en 1900.

·         ¡Soldados de la Patria! ¿Juráis ante el Altar de la Patria, cuyo símbolo sagrado es nuestra Bandera, por vuestro honor militar, sostener la integridad del territorio, defender el Pabellón Nacional como la insignia sagrada de la Patria, servir al Estado y obedecer en todas las ocasiones y riesgos al superior que os estuviere mandando, aun a costa de vuestra vida?" 




3 . Chilena, mi cabo, mi sargento , mi coronel, mi teniente.

·         Influencia del ejército chileno, que se adoptó, chilena es un castigo por  faltas menores, que consiste es ejercicios aplicados hasta la fatiga, después se llamó “chicharrón”.

·         La costumbre del “mi”, viene también de Chile-Prusia. mi  teniente, mi cabo,  mi coronel, mi general..

p   Para la  USA, es "yes,sir   !!!!°





viernes, 9 de enero de 2026

EL PATRULLERO LOQUILLO






 

Eran aquellos gloriosos años setenta, cuando el mundo estaba patas arriba: La Nueva Ola sonaba en los radios, Vietnam ardía en la tele en blanco y negro, la moda se ensanchaba hacia abajo y el pelo hacia los hombros. 

Todo eso se mezclaba y producía una rebeldía rara, medio inconsciente, pero contagiosa, la sandalias de caite, los collares de colores. 

El barrio, por supuesto, no se quedó atrás. Empezamos a copiarle cosas a la gran potencia del norte: el pelo largo, el amor y paz, los pantalones campana que barrían la acera y la música psicodélica que no se entendía, pero se sentía.

También llegó la famosa mota, una planta exótica, milenaria y, según algunos expertos del pasaje, era “medicinal”. 

Con ella también apareció un lenguaje especial, el : ! que onda men !., ¡sácatelo!, pízanlove.

y otros vocablos propios de la cultura hippie.   

Aquella hierba se enrolaba con papel de biblia, se le prendía fuego y se fumaba. 

El efecto era inmediato: uno se sentía en paz con el universo, con los vecinos, con la naturaleza y hasta con el cobrador de la pieza… aunque a veces también hacía ver luces donde no había foco.

Mientras tanto, el sistema político luchaba contra una insurrección en pañales.

Habían instituciones de represión, la política se iba poniendo caliente.

De ahí salió el famoso Servicio Territorial, una mezcla de civiles, reservas del ejército y uno que otro frustrado con ganas de mandar. 

En el barrio se les conocía como la patrulla; nosotros, con más confianza, les decíamos la descalza.

Estos personajes se reunían los sábados por la noche y salían a patrullar el barrio como si fueran a invadirnos. 

No andaban armas de fuego, pero sí garrotes y algún machete, lo cual era suficiente para que más de algún cipote saliera corriendo como atleta olímpico.

Aquella noche de sábado no pintaba nada especial. 

La majada estaba tranquila, hablando babosadas. 

Cuando empezó a rolar el material recién comprado en la calle Castillo al famoso Gallo, la noche prometía ser filosófica.

Se reunían al final de la 12 avenida, llamada por la majada "PUNTA DEL ESTE". (aunque mira al norte).

Después de la primera ronda, unos se movieron hacia el pasaje Santa Cruz; otros se quedaron sentados en los bloques de cemento donde terminaba la calle  PUNTA DEL ESTE, viendo el horizonte, esperando que la Virgen de Don Rúa se diera un beso con la luna o, por lo menos, que las estrellas platicaran entre ellas y soltaran algún secreto interesante.


Al fondo, un radio ponía Led Zeppelin a todo volumen, como para ambientar el viaje.

Choveta, Rolo, Bigote y el Lagarto estaban en la acera, relajados, hablando de sus aventuras, la última chica o la película de vaqueros del cine Avenida. 

Cuando de repente se oyó el tropel: ¡plam, plam, plam!. Ahí venía la descalza, en formación desordenada y con vocación de susto.

Los más vivos salieron disparados por las gradas hacia la 13 calle. Los más tranquilos —o ya en modo vegetal— se quedaron donde estaban.

Los patrulleros llegaron pidiendo cédula, cara seria y posición militar firme, como si estuvieran en un desfile. Eran como diez.

Bigote, mientras tanto, estaba recostado en la pared, con una pierna doblada y una bacha en la mano, completamente desconectado de la realidad nacional. 



No se dio cuenta de nada hasta que le cayó encima un patrullero, el "patrullero". .

Era un viejito de unos sesenta años, con kepis de filarmónico, chaqueta militar más gastada que llanta de bus, pantalón de civil y zapatos que ya habían pedido jubilación. Como toque final, cargaba un corvito.

El viejo se plantó frente a Bigote y le gritó:


—¡Cédula de identidad!

Bigote, en cámara lenta y con cara de iluminado, respondió con lo único que tenía a mano: una enorme bocanada de humo directo a la cara del patrullero.

El viejo primero se sacudió y luego quedó congelado. Parado, tieso, como estatua de parque. No sabía si arrestarlo, toser o pedir auxilio celestial.

Al final solo gritó:


—¡váyase a la mierda!,  dando la vuelta.

Y siguió caminando rumbo al parque, derrotado por la ciencia herbolaria y sumido en la terapia intensiva de la bocanada de bigote.

Los que estaban (estábamos jajaja) sentados en los bloques de cemento, vieron todo como película de charles chaplin. 

Primero silencio, luego risas, y al final carcajadas que se doblaban los cuerpos.  

Bigote se quedó ahí, inmóvil, como monumento a la paz.

Luego, al patrullero se le vió caminando, frente al comedor "Mil Moscas", levantando el machete, gritando solo y caminando de un lado a otro, todo loquillo, como si estuviera patrullando otra dimensión.



lunes, 22 de diciembre de 2025

EL LUNES NADIE LO CREYÓ


 


El lic Machón llevaba treinta y siete años en la misma oficina, en el mismo escritorio y con la misma engrapadora que ya no engrapaba bien, pero a la que él defendía como a un perro viejo.

Setenta años, un peinado antiguo, disciplinado y una habilidad casi artística para archivar papeles sin que nadie supiera exactamente qué archivaba.

Por eso, cuando llegó la invitación a una fiesta de mercadeo —con letras grandes, colores chillones y exceso de signos de exclamación— pensó que era una broma.


“Evento de integración con impulsadoras y promotoras ”, decía.

El lic. estuvo a punto de tirarla a la basura… pero algo, tal vez el café cargado o la curiosidad tardía, lo hizo guardarla en el bolsillo. Pensó “ de todos modos vivo solo, y para variar…..”

La fiesta era en un salón con luces que parpadeaban como si tuvieran hipo.

Música fuerte, risas, y un ambiente que no tenía nada que ver con memorandos ni sellos de recibido, ni vales de caja chica, ni reportes contables.

El Lic. llegó temprano, como siempre, pero bastaron dos cokteles para que se le aflojara el nudo de la corbata… y otro nudo más profundo, existencial, el valeverguismo juvenil.

Primero fue el merengue. Movimientos prudentes, de hombros, como si aún estuviera en horario laboral. Luego la cumbia, donde ya se permitió una vuelta completa sin pedir permiso. Y finalmente, cuando el DJ decidió que el respeto había muerto oficialmente, llegó el reguetón.

Ahí ocurrió el milagro.

El viejo licenciado, el del archivo muerto, descubrió músculos que no sabía que tenía.

Sus pasos no eran elegantes, pero sí decididos. Había en ellos una mezcla peligrosa de entusiasmo, desubicación y una energía que nadie —ni él mismo— esperaba.

Las promotoras lo miraban primero con risa, luego con sorpresa, y finalmente con ese gesto incómodo que uno pone cuando algo se sale del guion.

Las muchachas moviendo sus caderas, agachadas, levantadas y con las letras sugestivas “mételo, mételo, sácalo, sácalo..”. Dale Dale”. Rakata, rakata, si ella se pega, rakata. 

Pum pum, pum pum, dale, dale, martillo y clavo, pum pum,,,martillo, pum pum.

Bailó hasta que el cuerpo dijo basta… pero el espíritu dijo “una más”.

Terminó la noche adolorido como si hubiera corrido una maratón sin entrenar, pero con una vitalidad que no recordaba desde quién sabe cuándo. Se fue a dormir convencido de que algo se había despertado. Algo importante. Algo imprudente.

Ahí entra Jessica.

Jessica era una cariñosa, práctica y tenía una paciencia entrenada, ya años le daba servicio y complacía  metódicamente.

Cuando el Lic machón llegó a verla, ella esperaba una velada tranquila, casi rutinaria.

Pero no.

El hombre venía con una energía que no figuraba en ningún manual. 

Quería moverse, cambiar, inventar. Parecía haber leído y aprendido el Kamasutra.  Garganteado de sapo, Canto de cama, torito
, candela chorriada, avioneta venenera, gato en cebadera, siervo baleado, fueron sus platillos con Jessica.

Jessica pasó de la sorpresa a la incredulidad. Luego a la molestia. Luego al cansancio.


—Don Paco (así se llamaba para ella)… —dijo en algún momento, ya con tono profesional— usted no vino a conversar filosofía existencial, ¿verdad?, ¿y no me va a contar ahora de sus viejas aventuras???

Cuando él, satisfecho y sonriente, pidió un segundo round como si fuera lo más natural del mundo, Jessica decidió que había límites que ni el entusiasmo ni el pago justificaban.

Jessica no era ninguna improvisada. Tenía un radar fino para detectar fantasías tardías, promesas exageradas y entusiasmos que duraban lo que dura una canción mal puesta.

No era solo la energía —que ya era mucha— sino la convicción. Ese brillo en los ojos de alguien que acababa de redescubrirse vivo, peligroso y, peor aún, creativo.

 Mientras se acomodaba el cabello frente al espejo, lo miró con una mezcla rara de respeto y fastidio.

—Mire, Don Paco —dijo—, usted es buena gente, paga puntual… pero lo suyo ya es mucha exigencia, ni mi marido, me deja así.

Después de terminar, contar el dinero y ponerse los zapatos, fue clara:

—Así ya no vuelvo a salir con usted. Mucha exigencia, demasiada energía… y yo mañana trabajo.

El asintió, con una serenidad triunfal, como quien acepta una sanción sabiendo que valió la pena.

El lunes llegó a la oficina puntual, con ojeras gloriosas y una sonrisa misteriosa. En el cafetín, mientras removía el azúcar, soltó la frase como quien deja caer una bomba:

—aja!!!, gud morning. cipotones… la Jessica me mandó a la M. Ya no me va a dar servicio.

Silencios sepulcral.......

—¿Por qué? —preguntó uno, incrédulo.

Respiro profunda y solemnemente.

—Porque no aguantó, la sacudida que le pegué.

Nadie supo si creerle. Pero desde ese día, cada vez que el lic. archivaba algo, lo hacía con un ritmo extraño… como si de fondo aún sonara un reguetón lejano.

miércoles, 26 de noviembre de 2025

CUANDO EL FISICO TE COMPROMETE.

 



Ahora que estamos hablando de tiempos pasados tan  románticos y mágicos, sobretodo hoy que llega el tiempo navideño y se vienen como tormenta muchos recuerdos, tiempo que no volverán.

Me ha estado dando vueltas una pasada de 1974-75 y pienso y pienso bueno….

El caso es que allá por los 75 o 74 , andaba por los 20 años, llegó a vivir al Mesón una señorita que trabajaba de cajera en el McDonald's del centro, (esquina opuesta al Teatro Nacional) que,  junto al del Boulevard de los Héroes eran los únicos dos que existían y eran una novedad, aunque privados para la majada, pues tal como ahora, los precios eran inalcanzables.

 Pues esta muchacha piel blanquita, muy atractiva entraba y salía por los turnos, la veía bien arregladita y era un gran prospecto para un  obrero como yo, de manera que la empecé a enamorar,  la iba a traer al trabajo y luego empezamos a andar.

Una vez la fui a traer a restaurante del Boulevard de los héroes, salía a las 10 pm, en ese tiempo todavía pasaban buses.

Y caminando hacia la parada nos salieron dos muchachos con cuchillo para asaltarnos.

YO vestía la chumpa que me regaló mi primo Bigote, esa chumpa tiene una historia digna de una novela o película, bueno esa es otra onda. La cosa es que me les enfrenté y con la chumba le agarré el cuchillo a uno y vino el otro me tiró una patada que me echó al suelo. En el suelo recogí un ladrillo y se lo tiré al que tenía el chuchillo.  Bueno la cosa es que salieron corriendo por un  pasaje, y encontré otro pedazo de ladrillo y se los tiré mientras escapaban.

Salvo de esos incidentes, a veces no tan cotidianos; en esa época San Salvador, era bien bonito, se podía andar de la mano por el centro y en la noche, ir al cine, Frijolitos Carlota, la pata de  la vaca, Bella Nápoles, fuente de sodas de farmacia central, cafetería La corona,  y luego los cines populares: Apolo, Libertad, Fausto, Regis, Roxy, Cinelandia.

Cuando formalizamos la arrejuntada, la noticia no fue tan  grata, mi mamá me recriminó, pues era un poco mayor y además madre soltera. Y lo peor cuando se dió cuenta la mesonera Niña Paca, nos cortó la luz.  

Así que fue un poco complicado.

Después alquilamos un cuarto (que ella pagaba) sobre la 13 calle, a la orilla del  rió Tutunichapa, donde se pasaba a la colonia El Bosque y al otro lado estaba una escalera de madera para llegar a dicha colonia.

Allí pasamos unos meses, ella me alivianaba, me llevaba a cenar y me consentía sobremanera.  Fueron tardes y noches de intensidad y amor. 

Recuerdo los b i g m:a:c, los espumosos y el pan con queso derretido. Siempre me llevaba, y los disfrutaba, estos alimentos estaban vedados para los sueldos de un ordenanza que era yo, en ese tiempo.

A veces no llegaba temprano y yo celoso le hacia el drama en ocasiones hasta violento, que siempre terminábamos haciendo el amor.

Una vez me llevo a un almacén cerca del Lutecia, un señor que estaba en la caja registradora, me imagino el dueño (un árabe), ella lo saludó y me presentó  como su prometido, novio, esposo, amante, etc. Me imagino que para darle celos.

Ella guardaba con gran celo y cuidado, un papel arrugado con una letras que era una poesía de proclamación que le habían leído cuando fue candidata a reina allá por el cantón Plan del Pino de donde era originaria.

Una vez le dije que había escrito un poema de amor, este poema no era para nada original sino que era unas copias burdas del poema 20 de Pablo Neruda con otros verbos inventados y copiados pero es ese poema que dice: la besé tantas veces bajo el cielo infinito, ya no la quiero es cierto que tal vez la quiera o aquél puedo escribir los versos más tristes esta noche, mezclado con en noches como estas la tuve entre  mis brazos…la noches esta estrellada, nosotros de los de entonces….

 Pues bien, había hecho una especie de ensalada con verbos y versos y quedó bonito el mosaico y en una de esas noches de besos y abrazos se lo declamé y le dije que lo había escrito pensando en ella y ella muy conmovida y agradada, ese noche comí conejo….especial. 

Ahora lo que pienso cuando entregué los tenis y llegue si es que llegó, donde San Pedro y me diga Jaja!! cabroncito aquí aparece que vos plagiaste a Pablo Neruda por un polvo.

 Y entonces si me voy a c**a**gar

Otra noche preso de los celos enfermizos y ante su ausencia, la fui a buscar al cuarto sobre la 13 calle.  Y ví las luces encendidas del pasillo de la casa.  Entonces me fui por atrás, allí había una especie de desagüe que daba a la orilla del río, al llegar al lindero de la casa, ví a un joven sospechoso, le hablé y tranquilo me dijo que estaba esperando a alguien, entonces yo me trepé por el muro de ladrillos, arriba habían unas celosías que permitían  mirar hacia la casa y allí observé que ella estaba departiendo unas cervezas con otras personas.

Colgado de la pared estaba, cuando apareció un hombre con un machete en la mano, parece que era el vigilante y sin esperar, nos gritó y arremetió contra el joven que estaba parado viéndome, soló vi que blandíó el machete. Ahora que lo pienso, creo que  era mañoso ese joven.



Aterrorizado, me solté de la pared y salté por el desagüe, y corrí sin para hasta llegar al parque, de la que me salvé…..   

La relación se fue descomponiendo, sus salidas, mis celos  y otros compromisos…….., el triste destino de muchachos que desorientados por la vida y los deseos; no llegan a alcanzar la plenitud ni la paz de una pareja, y van probando y cayendo y rompiendo.

Hay muchas aristas en esas circunstancias, con el tiempo he llegado a la conclusión que no podemos juzgar, pues, cada uno tiene sus zonas obscuras, sus traumas y también sus cualidades y sueños.  

Con los años la ví trabajando como cajera en Vidrí del centro, bromeando, le consultó a su compañera si conocía a un tal Milton, sonriendo frente a mí. Siempre guapa.

Luego supe que viajó a USA.

 

 

lunes, 13 de octubre de 2025

La noche de la Red Point

 


Corrían los últimos años de los setenta, cu
ando San Salvador todavía tenía alma de pueblo grande.

 Las calles olían a pan francés recién salido del horno, a gasolina de bus viejo y a serenata de trío mal afinado. Las noches eran más oscuras, pero también más sinceras.

La musica psicodelica llenaba los radios, en diferentes etapas. 

La moda hippie se mezclaba con movimientos sociales, amor y paz, no a la guerra, amor libre, eran las consignas de los jóvenes. 

Carlos estudiaba en la Universidad Nacional y soñaba con cambiar el mundo... o al menos con pasar cálculo diferencial. 

Su amigo inseparable era el Chino, un ordenanza flaco y vivaz que trabajaba en un periódico local, donde aprendió a leer los titulares antes que el café estuviera listo.

Eran inseparables. Cada viernes se juntaban en una banca del parque Centenario, con la quincena a medio gastar y la cabeza llena de teorías: desde cómo enamorar a las hermanitas de la pupusería, las secretarias del banco, las visitas a la "cara de caballo" hasta cómo lograr que el bus no se quedara sin frenos o no hechara humo.

Aquel viernes fue distinto. El Chino llegó emocionado, con los ojos brillando como si hubiera descubierto América.


—¡Mirá, vos, Carlos! —dijo mientras sacaba un paquetito envuelto en papel periódico—. Me cayó una cosa buena, importada. Esta la venden allá por la calle Castillo.



Dicen que la fumás y ves la vida en tecnicolor.


—¿Y esa de cual es? —preguntó Carlos, medio incrédulo.


—Se llama Red Point, suena fino, ¿no? Igual que las camisas que hacen allá por Mejicanos. Si las camisas son buenas, la hierba ha de ser de primera.

Carlos dudó, pero el espíritu universitario —y la curiosidad juvenil— le ganaron. Caminaron por la 12 avenida,frente donde fue la LOMA, buscando un rincón tranquilo donde nadie los viera filosofar.

Rolaron la cosa y ….Entre bocanada y bocanada, el aire se fue volviendo más liviano, el cielo más grande y las carcajadas más sabias.

—Mirá, vos, el poste se está moviendo y me llama —dijo el Chino.
—No, es que vos estás bailando —le contestó Carlos, aguantando la risa.

Decidieron seguir caminando, cuando a lo lejos vieron un local lleno de luces, música y gente entrando y saliendo con bulla. Era el sindicato de la IUSA, aquel edificio que antes había sido el famoso Mesón Buenos Aires, donde, vivian , “los peligros” . adelantado.

—Ha de ser velada artística —dijo Carlos—. Entremos, a ver si hay pan con café o al menos algo pa’ ver.
—Si hay música, que suene —respondió el Chino, que ya flotaba a tres centímetros del suelo.

Cabe decir que en dicho local celebraban, fiestas rosas, casamientos, bautizos y los muchachos del barrio aun sin ser invitados llegaban de “paracaídas” a disfrutar de las comidas, bebidas y bailes. (sin ser invitados formalmente)

Entraron. El lugar estaba a reventar. Había muchachos de pelo largo, muchachas con blusas artesanales y unos tipos haciendo malabares con antorchas. Un grupo de teatro hacía parodias sobre la vida nacional, y el público se moría de la risa. Carlos se carcajeaba con cada chiste, mientras el Chino miraba fascinado el humo de las velas como si fueran estrellas fugaces.

La noche avanzaba bonita, alegre, tranquila… hasta que, al final, las luces bajaron y salió una muchacha, que momentos antes hacía de payasita, apareció con boina vasca y  con un tambor grande. Empezó a tocar una marcha, y los demás artistas salieron cantando:

“De pie cantar, que vamos a triunfar,
avanzan ya banderas de unidad…”

Era la canción de Inti Illimani, “El pueblo unido jamás será vencido.”

Carlos y el Chino se quedaron viendo, primero curiosos, luego algo asustados.
El público entero se paró, levantó el puño izquierdo y empezó a corear con fuerza:
—¡El pueblo unido, jamás será vencido!

Y de pronto salieron banderas rojas, pañuelos, consignas.
El ambiente se volvió encendido, casi revolucionario.


Carlos susurró al Chino:
—¡Vos, creo que nos metimos a un mitin comunista!
El Chino, con la mirada fija en el tambor, solo dijo:


—¡Shhh! Dejá que terminen de cantar, tal vez después reparten atol shuco.

Pero no hubo atol. Hubo sirenas.


Allá afuera, empezaron a escucharse los ruidos de motores y los gritos:
—¡Disuélvanse, disuélvanse!

Los dos amigos, medio elevados y medio asustados, intentaron salirse entre la multitud. Tropezaban con las sillas, pedían permiso, se disculpaban con los que alzaban pancartas. En un momento, alguien los abrazó y les gritó:
—¡Compañeros, no se vayan, la lucha apenas empieza!

Los dos intentaron salirse discretos, pero entre tanta bulla y el efecto de la Red Point, parecían dos pingüinos en procesión. Tropezaban con las sillas, pedían permiso, y otros les  gritaban:
—¡Compañeros, no se vayan, la lucha apenas empieza!

—¡La mía ya empezó, y es para llegar al parque! —dijo el Chino, agarrando a Carlos del brazo.

Ya afuera, las sirenas de la Guardia sonaban a lo lejos

Salieron como pudieron, esquivando la bulla, las luces y los uniformes que ya se veían en la esquina. Corrían sin rumbo fijo, con el corazón en la boca y las piernas torpes.

Carlos y el Chino salieron corriendo hasta el parque, jadeando, sudando y con los nervios de punta. Se sentaron en una banca, viendo las luces rojas perderse en la esquina.

Al llegar al parque se dejaron caer en una banca, cerca de la cancha y respirando como dos corredores de maratón.


—¡Qué noche, vos! —dijo Carlos, aún jadeando.


—Sí… —respondió el Chino, mirando el cielo—. Pero eso sí, la Red Point está buena, te hace ver hasta la revolución en colores.

Carlos se rió, nervioso.


El Chino se quedó pensativo un rato, y de pronto exclamó:

—Mirá vos, Carlos… ¿y si en vez de marihuana era incienso del sindicato?

Carlos se dobló de la risa.


—¡Pues si era incienso, funcionó mejor que cualquier misa!

Y ahí quedaron los dos, tirados de risa en la banca, mientras las sirenas se alejaban y el viento nocturno les traía el olor a pan dulce y libertad.

martes, 19 de agosto de 2025

El día que Calín Peligro se volvió botánico

 



Aquella noche, como tantas otras en los gloriosos años setenta, el

aire olía a humedad, a cuero gastado, los LONGPLAY giraban más que los

pensamientos.


Era una noche espesa de humedad y rock, y el grupo heavy, como le

decíamos por costumbre (aunque la mitad ni tocaba un instrumento) y a

ese inconfundible aroma de mota (de la  verde limón) con eco de Led

Zeppelin-Montón de amor. Y para los aprendices de hippies LAS NOCHES

DE BLANCO SATIN.


Todos los sospechosos de siempre, melenudos, pantalones de  poliéster,

zapatos de plataforma (fiados en el módulo),  estábamos en la fuente

central del parque Centenario, donde antes hubo una estatua de un

cipote desnudo orinando con elegancia clásica, y ahora solo quedaba el

pedestal, pupú de  paloma  y una bolsa de CHURROS flotando.


Éramos legión: Juan Lagarto, el único que podía quedarse quieto

durante un viaje astral. Rolo, que no hablaba mucho pero cuando lo

hacía parecía que recitaba en verso. El Chino, experto en liar

puros con SU MANO IZQUIERDA y la derecha agarrando la peche trini.

Gamezán, que cada vez que se colgaba hablaba de una conspiración del

Vaticano para esconder ovnis en el Amazonas. Bigote, que llevaba el

mismo bigote desde el 60  y decía que sin él perdía la identidad

familiar. Murmullo, que solo hablaba cuando nadie lo miraba. Chobeta,

que nunca traía nada pero siempre caía con hambre, para mantener sus

músculos. Choco Arturo, el poeta frustrado que escribía versos con

cenizas sobre los ladrillos del parque. Y el Cacho, que tenía el

negocio del menudeo y cara de sospechoso de siempre.


Y ahí apareció Peligro.


Vestía camisa floreada, pantalón acampanado, y traía bajo el brazo un

diccionario de plantas medicinales que parecía robado del consultorio

de un herborista. Nos miró con esa seriedad que solo un alumno de

primera semana en areas comunes de la U,  puede tener, y dijo:


 —"Lo que ustedes fuman", dijo abriendo el diccionario con solemnidad

de cura en misa, "no es droga. Es Cannabis sativa. Así, con nombre

científico y todo".


 Con denominación científica y propiedades terapéuticas. Esto que

hacemos… es herboristería popular autogestionada”.


Hubo un silencio. No por respeto, sino porque todos estábamos tratando

de pronunciar sativa sin escupir.


Rolo se atragantó con el humo. Juan Lagarto lo miró fijo, como si

intentara descifrar si Peligro hablaba en serio o había mezclado mota

con el libro de Ciencias Naturales de cuarto grado.


Peligro se acomodó los lentes, que ni necesitaba, y explicó que ahora

no era un simple pusher: era un "agente distribuidor de conocimiento

cannábico". Que lo que hacíamos no era "quemar uno", sino "liberar

propiedades terapéuticas de la flor resinosa mediante combustión

controlada".


—“¿O sea que ahora somos farmacéuticos?” —preguntó Bigote, mientras

desenrollaba un papel que decía "Corintios 12:24 ".


Peligro asentía. Hablaba de la estructura molecular del THC como si

estuviera por rendir en el laboratorio de ciencias de la U.


Mostró un dibujito de una flor en cruz que juró era de un herbario suizo.


Peligro seguía, convencido, con una pasión que mezclaba Che Guevara y

profesor de ciencias naturales. Sacó un purito, lo prendió, lo pasó, y

al llegar al último toque dijo:


—“Este momento… este instante… esta última fumada… es la entrega final

de la experiencia botánica compartida”.


—“La bacha no es una miseria, es la condensación de saber ancestral. Y

el super… el super es el momento místico de la entrega tribal.


“La comunión del humo, tal como lo explica según dicen los códices

pipil-lenca de la Calle castillo, donde el chamán EL GALLO, lo

explica.”


Murmullo, preguntó si eso se podía decir frente a los juras.


Chobeta se rió tanto que se le cayó el plato de yuca sanchochada, que saboreaba.


 El Chino, sin decir palabra, prendió otro y lo pasó con una

reverencia budista.


Gamezán se convenció de que todo esto lo había predicho una

civilización maya extinta. Y Cacho, que venía lento por un puro lleno

de mozote que se dio antes, dijo con voz de monje español:


—“Yo sabía que esto era más que vicio, loco… Es una ciencia exacta,

como el horóscopo.”


Y ahí estábamos, una vez más, en plena ceremonia al pie del pedestal

huérfano, compartiendo humo, filosofía callejera y palabras que

sonaban a enciclopedia olvidada.


Peligro se fue temprano esa noche, diciendo que tenía que secar unos

cogollos en una caja de zapatos con arroz. Lo miramos irse como se

mira a un gurú raro, con algo de ternura y mucho de risa contenida.


Se quedaron  bajo la luna, que parecía más grande de lo normal, hasta

les hacía “ojitos” o capaz era solo el sativa,  haciendo efecto.


El Choco Arturo escribió con un palito sobre la tierra mojada:


"No es puro, es botánica.

No es bacha, es herencia.

No es super, es entrega.


No es vicio… es ciencia."


Y todos asentimos, como si acabáramos de entender el universo.


Aunque al final, igual le seguimos diciendo:


¡Hey!!  ¿que onda , men?,


-         "jálale por la  nariz y que no se te escape el humo".