Eran aquellos gloriosos años setenta, cuando el mundo estaba patas arriba: La Nueva Ola sonaba en los radios, Vietnam ardía en la tele en blanco y negro, la moda se ensanchaba hacia abajo y el pelo hacia los hombros.
Todo eso se mezclaba y producía una rebeldía rara, medio inconsciente, pero contagiosa, la sandalias de caite, los collares de colores.
El barrio, por supuesto, no se quedó atrás. Empezamos a copiarle cosas a la gran potencia del norte: el pelo largo, el amor y paz, los pantalones campana que barrían la acera y la música psicodélica que no se entendía, pero se sentía.
También llegó la famosa mota, una planta exótica, milenaria y, según algunos expertos del pasaje, era “medicinal”.
Con ella también apareció un lenguaje especial, el : ! que onda men !., ¡sácatelo!, pízanlove.
y otros vocablos propios de la cultura hippie.
Aquella hierba se enrolaba con papel de biblia, se le prendía fuego y se fumaba.
El efecto era inmediato: uno se sentía en paz con el universo, con los vecinos, con la naturaleza y hasta con el cobrador de la pieza… aunque a veces también hacía ver luces donde no había foco.
Mientras tanto, el sistema político luchaba contra una insurrección en pañales.
Habían instituciones de represión, la política se iba poniendo caliente.
De ahí salió el famoso Servicio Territorial, una mezcla de civiles, reservas del ejército y uno que otro frustrado con ganas de mandar.
En el barrio se les conocía como la patrulla; nosotros, con más confianza, les decíamos la descalza.
Estos personajes se reunían los sábados por la noche y salían a patrullar el barrio como si fueran a invadirnos.
No andaban armas de fuego, pero sí garrotes y algún machete, lo cual era suficiente para que más de algún cipote saliera corriendo como atleta olímpico.
Aquella noche de sábado no pintaba nada especial.
La majada estaba tranquila, hablando babosadas.
Cuando empezó a rolar el material recién comprado en la calle Castillo al famoso Gallo, la noche prometía ser filosófica.
Se reunían al final de la 12 avenida, llamada por la majada "PUNTA DEL ESTE". (aunque mira al norte).
Después de la primera ronda, unos se movieron hacia el pasaje Santa Cruz; otros se quedaron sentados en los bloques de cemento donde terminaba la calle PUNTA DEL ESTE, viendo el horizonte, esperando que la Virgen de Don Rúa se diera un beso con la luna o, por lo menos, que las estrellas platicaran entre ellas y soltaran algún secreto interesante.
Choveta, Rolo, Bigote y el Lagarto estaban en la acera, relajados, hablando de sus aventuras, la última chica o la película de vaqueros del cine Avenida.
Cuando de repente se oyó el tropel: ¡plam, plam, plam!. Ahí venía la descalza, en formación desordenada y con vocación de susto.
Los más vivos salieron disparados por las gradas hacia la 13 calle. Los más tranquilos —o ya en modo vegetal— se quedaron donde estaban.
Los patrulleros llegaron pidiendo cédula, cara seria y posición militar firme, como si estuvieran en un desfile. Eran como diez.
Bigote, mientras tanto, estaba recostado en la pared, con una pierna doblada y una bacha en la mano, completamente desconectado de la realidad nacional.
No se dio cuenta de nada hasta que le cayó encima un patrullero, el "patrullero". .
Era un viejito de unos sesenta años, con kepis de filarmónico, chaqueta militar más gastada que llanta de bus, pantalón de civil y zapatos que ya habían pedido jubilación. Como toque final, cargaba un corvito.
El viejo se plantó frente a Bigote y le gritó:
—¡Cédula de identidad!
Bigote, en cámara lenta y con cara de iluminado, respondió con lo único que tenía a mano: una enorme bocanada de humo directo a la cara del patrullero.
El viejo primero se sacudió y luego quedó congelado. Parado, tieso, como estatua de parque. No sabía si arrestarlo, toser o pedir auxilio celestial.
Al final solo gritó:
—¡váyase a la mierda!, dando la vuelta.
Y siguió caminando rumbo al parque, derrotado por la ciencia herbolaria y sumido en la terapia intensiva de la bocanada de bigote.
Los que estaban (estábamos jajaja) sentados en los bloques de cemento, vieron todo como película de charles chaplin.
Primero silencio, luego risas, y al final carcajadas que se doblaban los cuerpos.
Bigote se quedó ahí, inmóvil, como monumento a la paz.
Luego, al patrullero se le vió caminando, frente al comedor "Mil Moscas", levantando el machete, gritando solo y caminando de un lado a otro, todo loquillo, como si estuviera patrullando otra dimensión.



1 comentario:
Chino lo envenenó ,ya me imagino, con que me he reído yo, está simpática la anécdota, saludos
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