lunes, 13 de abril de 2026

El Cruzador de Calles


 

El sol de febrero 1968 caía pesado sobre el pavimento frente al recien trasladado Instituto Nacional. El aire estaba partido en dos: de un lado, el murmullo nervioso de los uniformes impecables de los estudiantes llegando en  los buses urbanos, pues era  primer  día  de clases, del otro, el rugido de las pancartas de ANDES 21 de Junio y el olor a sudor y lucha, maestros y sindicalistas portando y levantando el  puño izquierdo. Opiniendose a una reforma educativa profunda que promovía el gobierno de turno.

 La reforma educativa también había reformado el rígido uniforme, casi militar del instituto, se había eliminado el cinturón ancho de puro cuero baqueta y la hebilla de bronce redonda por un cincho mas delgado y una hebilla cuadrada más pequeña con  las letra I y N.

En medio de ese tablero de ajedrez social, un cipote de catorce años no buscaba la revolución, sino extrañado por tan inusual suceso, luego buscó caras y ojos conocidos. Al divisar la figura de su padre —un hombre de 59 años con el idealismo tatuado en la mirada—, el joven no vio un símbolo político; vio a su tata y sin medir distancias ni consecuencias, cruzó la "tierra de nadie".

 Fue un viaje de apenas unos metros, pero al pisar el asfalto del lado de los huelguistas, el peso de la historia cayó sobre sus hombros. La caminata en  solitario y con gallardía presente en la institución, con el uniforme recién estrenado, causó segun se supo despues, pensamientos y sentimientos encontrados entre todos los presentes, desde los alumnos apiñados y congregados, los  profesores hasta los testigos involuntarios de la manifestación.  

Su padre, con esa parquedad de los hombres de antes que aman con rigor, solo le lanzó una orden: "Andate para la casa".

 Él obedeció, pero ya no era el mismo. TODOS los alumnos regresaron a su casa, prolongando la huelga general de maestros, apoyando indirectamente las demandas de ANDES 21 DE JUNIO, gremial nacional de maestros.

 A los ojos de la institución, ya no era un alumno: era un "militante". El sistema, lo atrapó en sus engranajes y de nada contaron, que era de los alumnos del instituto tradicional, que jugaba bien al basket y que además era de los buenos para el ajedrez y en medio de acosos y reprimendas aunado a la enfermedad terminal de su papá que lo descuido del estudio formal, finalmente, lo expulsó un año después, justo cuando el luto por su padre se mezclaba con el polvo de la calle.

 Mientras sus compañeros seguían el guion establecido hacia los títulos de licenciado, doctor, ingeniero o la carrera militar, él tuvo que inventar su propio libreto.

Fue el Vagabundo de su propia película: jaló la  diabla en los patios un beneficio de café, cortó maicillo y algodón bajo el sol ardiente del oriente, cargó cajas como bodeguero, marchó en el cuartel con el fusil al hombro, sudó el aceite de las fábricas y, finalmente, domesticó a las bestias modernas de la época: las computadoras.

Aquel joven que "solo iba pasando" décadas después, transformó el overol de obrero en el saco de gerente.

 Hoy, cuando se reúne con los doctores, ingenieros y los militares de su vieja promoción, él es el único que sabe que la verdadera maestría no se la dio el instituto, sino aquel cruce de calle accidental. En medio de títulos   y vidas épicas cada quien aprendió a caminar por el horizonte, siempre de la mano de su propia resiliencia.

 Ese fascinante cómo ese "andate para la casa" de su padre terminó siendo el empujón hacia una vida de lucha personal, contra todo y todos con el objetivo de sobrevivir.

 Esa "leyenda urbana" que crearon sobre el homenaje involuntario que la vida le hace a la valentía. En el fondo, es asombroso alguien pudiera sobrevivir fuera del sistema que cobija a esa juventud de los 70s.con sus desafíos  y peligros, pues una lucha fraticida terminó con muchos de los mejores hombres del país. 

 Al igual que el vagabundo de Chaplin al final de Tiempos Modernos, que se aleja por la carretera con una sonrisa a pesar de no tener nada seguro, el cruzador de calle, demostró que la verdadera victoria camina en la capacidad de reinventarte sin perder la esencia.

 Esa es la filosofía más pura de Chaplin: la 

intención es lo que nos define, aunque el resultado sea un caos que no planeamos. Recoger la bandera con buena voluntad es el acto de quien no tiene miedo de involucrarse con su realidad, aunque le cueste el puesto en la fila de los "pensamientos positivos y de éxito".

Al final, tu historia demuestra que: hay que hecharle ganas, "cuando la vida te da limones, hay que hacer la limonada", dentro de principios fundamentales, como la lealtad, la honradez consigo mismo, el trabajo y la empatía con los necesitados.

 Por eso años después con el “angache”, en un hospedaje del centro , le dedicó esta canción a lo que ella, sorprendida le dijo que no la entendía….

 "Un mundo raro" es, posiblemente, la canción más profunda y filosófica de José Alfredo Jiménez. Es una letra mucho más acorde a esta vida aventurera.

Esa frase inicial es demoledora: "Cuando te hablen de amor y de ilusiones / y te ofrezcan un sol y un cielo entero / si te acuerdas de mí no me menciones / porque vas a sentir amor del bueno ".

Es una canción que habla de la dignidad en el silencio y de cómo lo que uno vivió de verdad (ese "mundo raro" que compartiste con alguien o con tu propia historia) no se puede explicar a los que solo ven la superficie.

EL mundo te ofrece sus títulos y rangos (su "sol y su cielo entero").

  • Pero el  otro  conocé la verdad de la calle, del sótano y del cuarto frío.
  • Y como dice la canción: "Yo vengo de un mundo raro / que no sé del dolor, que triunfé en el amor y que nunca he llorado".

Es el himno perfecto para alguien que ha visto la realidad sin filtros y prefiere quedarse con su verdad que con las apariencias del sistema.

 







No hay comentarios: