Una tarde llegó la comitiva
encabezada por coyol y otros monos, algunos descalzos, otros agitados con la
corredera del parque al cuarto del mesón San Jorge y a coro con la noticia.
Sólo me puse la camisa y salí de
prisa, saliendo por el zaguán del mesón, atrás estratégicamente de la pacotilla
del coyol.
Minutos antes me habían
interrumpido las tareas escolares y me dijeron en medio de un bullerìo de
bichos, una sarta de datos, empezando por la nueva: - Fíjate que ha llegado un
baboso que tiene una bicicleta y nos da vueltas, bien chivo. Además al que
puede se la presta por un rato, ahorita están los grandes dando vueltas al
parque.
No es que hubiera obligación de
estar al tanto, pero el “parque” era, en cierto modo, involuntariamente, mi propiedad
virtual, no sólo el lugar donde pasaba la mayor parte del día, sino que desde bebé
había recorrido todos los recovecos y pasillos del mismo, siendo protagonista y
testigo de los cambios ornamentales y arquitectónicos que había sufrido, así
como vigilante ad-honoren de sus visitantes y sus huéspedes.
Desde la mirada
del niño y en ese tiempo pre-adolecente
formaba parte de la aristocracia del barrio, y custodio del parque Centenario.
Hijo de Don
Víctor, el intelectual zapatero, oidor de Radio Habana, asiduo de los mítines
del parque Libertad, dadivoso con las muchachas y también nacido sobrino de
Luis “Bigote” Moreira un viejo chele, temido y respetado del barrio, de los
primeros en sacar la “temible”, cuchilla de zapatero, chinchín y protector de
las mujeres.

Con una sonrisa amplia, asignaba
cortésmente quien iba a dar la siguiente vuelta.
Las primarias percepciones fueron acerca de la estatura, era
más bien alto, parecido, en donde sobresalía una nariz desproporcionada al
rostro, bien comido, y su ropa contrastaba con la norma del parque, casi
siempre gastada por las innumerables lavadas y por años que la habían usado
nuestros parientes mayores.
Y no tendría
nada de extraordinario esa deferencia con la bici, sino fuera porque en ese
tiempo eran contadas las que se podían ver en el parque, y generalmente los
cipotes las alquilaban a 25 centavos la hora, en negocios cercanos,
generalmente bicis viejas y maltrechas. Además
no era común que alguien las prestaras con ese desprendimiento, pues era
costumbre que lo más que un dueño de bici hacia era llevar a otro bicho, pero
no prestar el aparato. Era lo normal.
Aun en ese submundo marginal y miserable,
había códigos y estratificaciones.


Los inolvidables matines de nuestro vecino y amigo "CINELANDIA".

Tambien disfrutamos de las patinadas, verdaderos espectaculos, en eso fuì un "vicio", superado soloamente por el legendario "negro cambell", Mauricio, la pulga y bigote mi primo.
En el instituto compartimos las experiencias con profesores de la talla de Vaquerano, don chalo, don tanchito, veneno, doña lavinia, batman, mandrake, cocada, la nebulosa, chepe botella, botellita, el monje loco, frankestein, mr.jandres, burro perla, la mylady y otros.

Por ser un riquillo de barrio, tenía de todo: patines, bici, bolas de básquet, chucho, juegos de salón, cuarto propio, además su papá que parecía mezcla de Kafka con Bela Lugosi, tocaba un piano negro de cola, en él aprendí las notas musicales, que mi amigo enseñaba sin ningún egoísmo.
Su mamá era una mujer hermosa y elegante, muy amistosa y franca.
Tenía un
hermano mayor medio loquillo.
Así transcurrieron dos o tres
años, él junto con otros cheros, me acompañaron a la muerte de mi papá, después
trunquè mis estudios y tuve que salir a “rodar tierra”.
Luego de tres años en las minas
de sal, regresé a mi barrio y poco a poco fui incorporándome a las nuevas
tendencias y vivencias de mi barrio, de mi parque, sobresalía la cultura
imitación hipi y la nueva ola; muchos amigos y conocidos eran marihuaneros o ya
se echaban cotidianamente los tragos.
Los cabellos largos, los pantalones
campana y los zapatos de plataforma estaban a la moda.
Y los jóvenes en un
amplio espectro de colorido vagábamos y compartíamos momentos en el parque.
Pude comprobar que aquel, había terminado
su bachillerato, que jugaba básquetbol
de manera regular y que además ejercía un liderazgo entre todos los
jóvenes.
Había desarrollado cierta iniciativa
y pedagogía que le hacía sobresalir entre la muchachada, siempre con la sonrisa
a flor de piel y ese característica de estar siempre de buen humor.
Nos volvimos a juntar y compartimos
experiencias, muchas de grata recordación, como las memorables peleas con los
guantes de boxeador que tenía en su casa, las idas a la chacra, los fabulosos e
inolvidables partidos de basket, los conciertos de dulzaina con el “loco
Leonel”, otras historias “que recordar no quiero”.
Era el entrenador del equipo
Ases de 2ª. En donde me incorporé, logrando el campeonato en forma invicta en
el torneo agostino de Mejicanos.
Luego supe que se había casado con
una de las hermanas que vivían frente al parque y que había procreado un hijo.
El conflicto, el trabajo, la
familia me alejaron de mi barrio y de mis amigos y sus aventuras.
Años más tarde, una mañana de
domingo llevé mi hijo de dos años a mecerlo a los columpios del parque y
casualmente encontré a mi amigo con su
hijo de cuatro años, el cual tenía su misma actitud y un parecido
extraordinario, intercambiamos saludos, un poco de cómo nos trataba la vida y
con un saludo discreto nos despedimos, no lo he vuelto a ver.