
¿Cómo funciona ese dinamismo, que da a cada uno, en cada
momento de su vida, aquello que le
corresponde en estricta justicia?
Este es un misterio tan hondo, que nunca llegaremos a comprenderlo enteramente mientras
permanezcamos en este obscuro planeta, morada de incertidumbres y de errores.
Pero, hondo e inextricable como es, alguna de sus fases se nos ha revelado; una
punta del velo se descorrió un instante, y nuestros ojos pudieron vislumbrar un
pálido reflejo de la luz que pasaba.
A la débil claridad de aquel vislumbre, intentemos penetrar
en la sombra, a inquirir como actúan los que llamaremos agentes del Destino.
Los cuales, para mayor eficacia y perennidad de su acción- ,
residen en nuestro propio ser, como el carcelero que habita en la misma cárcel
que el reo a quién vigila. Pero estos carceleros nuestros no solo habitan en la
misma prisión que nosotros, sino que
viven en nuestra propia celda, duermen en nuestro mismo lecho, y tan unidos y
apegados andan con nosotros, que, en realidad, ellos mismos constituyen la
cárcel en que nos tienen encerrados.
El primero de ellos, y el más fácil de conocer, es el que se
forma de todas nuestras deficiencias nativas; las cuáles de la cuna al
sepulcro, influyen en todo momento sobre todos nuestros actos, voliciones,
emociones y pensamientos: los pulmones
estrechos, la sangre pobre, el estómago débil, el hígado torpe, el riñón
incapaz, el corazón arrítmico, el intestino reacio, los nervios asténicos e inconstantes,
los huesos propensos a las caries, los tendones osificándose, las arterias
yéndose a la esclerosis…..
Ni drogas, ni régimen, ni dieta, ni operación, ni agente
alguno conocido, pueden normalizar enteramente las funciones siempre tardías o
desviadas o irregulares de estos servidores enfermos ya de origen; que, más que
servirnos, conspiran contra nuestra felicidad alterando, falseando y
obscureciendo nuestras ideas y nuestras voliciones. Que el dispéptico de nacimiento pierda toda
esperanza: nunca verá la vida sino triste y cargada de nieblas. Que aquel que
ya vino tiranizado de la constipación, pierda toda esperanza: su cuerpo vivirá
intoxicado, y en su inestable humor se sucederán las tempestades. Que pierda la
esperanza quien nación con el hígado desordenado y supra bilioso: siempre será
impulsivo, agresivo y colérico, y la
ecuanimidad rara vez le mostrará los esplendores de su sereno cielo. Que
pierda la esperanza aquel que trajo sangre infecta: mientras viva, el miasma
reinará en su organismo; pues aquel fluido de la vida, encargado de infundir la
agilidad y fuerza, irá regando en él la debilidad y la pereza. Lasciate
ogni speranza…..
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El segundo agente o carcelero, es el conjunto de nuestras
imperfecciones y fealdades externas, manifiestas e inocultables, que están
allí, ofreciéndose a la contemplación de todos, para enajenarnos su simpatía y
su respeto, y hasta para concitarnos su enemistad maligna. ¡pobre del enano!.
¡Pobre del cojo!, ¡pobre del tuerto, del gigantón y del obeso!. ¡Pobre del que tiene la voz gritona o
aflautada!. ¡pobre del negro y del albino, y del que lleva el cutis sembrado de
excrecencias!. ¡Pobre del que se afrenta con orejas de lobo, cuello como de
toro, nariz elefancíaca o morro de hipopótamo!, ¡Pobre del que lleva las manos consteladas
de manchas, los dientes sobresaltados y disconformes, las piernas patizambas y
los pies desmedidos!...¡pobre también el sordo, y el bizco y el tartamudo…
pobres…!
Estos agentes del destino, nos traen humillaciones y
malquerencias…. ¡ Los otros, que ya dimos antes, nos atenacean a dolores y
enfermedades la triste carne maldecida!!....
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Luego vienen como fieras que no se doman, aquellos parásitos
que viven y se agitan en nuestra alma: timidez, que nos inhabilita y retrae
hasta en las empresas más fáciles y hacederas; orgullo, que nos concita
enemistades o aversiones: vanidad, que nos hace risibles; temeridad y arrebato,
que hacen abortar nuestros éxitos, a punto ya de florecer; gula, que nos
entorpece y embota; avaricia y envidia, que son extremos de locura; sensualidad indominable que apaga nuestra
mente y aniquila nuestra fuerzas; ira, que nos ciega y nos precipita en el
crimen; pereza que nos pudre la sangre, y … ¡tantas más!
Uno solo de esos parásitos enraizados en los senos del alma,
bastaría para hacer infeliz una vida… más, ¡dichoso mil veces, quien sólo lleve
una para sorberle el corazón! ¡Qué esfuerzos de años y más años!, ¡que
innumerables caídas y recaídas!, ¡ que desfallecimientos y enderezamientos!,
¡que lucha a dominar y subyugar a una sola de aquellas hidras, cuyas cabezas
renacen apenas han sido cortadas, y cuyas miradas enloquecen, si apenas un instante
contemplamos sus fatídicos ojos!...
Estos últimos, victimas de la enfermedad, de la tara
congénita, descubrió por fin, la palabra secreta que abre las puertas de la
salud: privarse. Privarse, privarse más, privarse más aún, privarse todavía…
hasta que el organismo, sujetos al poder
mágico de la sencillez, se rehízo, se renovó, se restauró. Agotadas la
influencia mefítica de las impurezas originales- expiada la culpa- “sus pecados
les fueron perdonados” y lo puro, lo sencillo, lo sano, triunfó finalmente en
la batalla a que sirvió de campo al
organismo infecionado.
Privación, es decir, RENUNCIACION