miércoles, 19 de junio de 2013

El día que puyaron a la kinkona



Por ese tiempo San Miguel, era una ciudad muy provincial, las actividades productivas eran muy limitadas, la incipiente industria se resumía en la fabril de aceites, el beneficio de H de sola. Una pequeña fábrica de sacos de henequén.
El comercio era muy dinámico, pues había sucursales de las principales empresas de venta de vehículos y un aparato burocrático muy típico de una cabecera departamental, en orden de importancia la tercera en el país. También estaba un cuerpo de policía, policía de hacienda y un puesto de guardias nacionales.. 
El hospital de caridad san juan de dios atendía a los enfermos de la zona y el seguro contaba con clínicas periféricas.

 Además un complejo recién construido  en donde se albergaba la tercera brigada de infantería, donde hacías el servicio militar obligatoria muchos jóvenes de los departamentos de san miguel, Usulután y Morazán, la mayoría llevados a la fuerza y otros citados por los comandantes locales de cada municipio o cantón. Muchos descalzos, analfabetas. Todos jóvenes.

La kinkona era una prostituta muy famosa en San Miguel.  Era una morena alta y robusta, pelo largo generalmente recogido con una cola de colores brillantes. Vestía casi siempre de vestidos de una pieza muy pegados que describían su figura con características negroides, es decir con grandes nalgas y pechos prominentes.  Podría andar en los 30’s que ya era un edad mayor para el ejercicio del oficio más antiguo, sobretodo en el oriente del país, que se alimentaba de jóvenes o niñas procedentes de las zonas más orientales como La Unión, o del norte de San Miguel, famoso por la presencia de habitantes con rasgos blancos, ojos claros (azules o verdes).
 
Pues además de su porte y su fama, la kinkona era conocida también por ser “soldadera”, es decir aquella que le prestaba su servicio sexual a la soldadesca procedente de la tercera brigada de infantería.

No todas las meretrices eran soldaderas, pues algunas tenían un rechazo natural hacia esos jóvenes  campesinos vestidos de verde, toscos, sudorosos, hediondos, pero sobretodo avidos y calenturientos.

Estos al contrario en los  días de pago (cada mes) hacían cola para pagar por sentir los efluvios y carnes de aquella mujerona, que además destilaba simpatía y eran muy comunes sus pleitos y peleas con algunas compañeras de oficio, por las razones propias de su profesión.

En las noches calurosas de la perla de oriente, hormigueaban muchachos vestidos de verde, sudorosos, calientes, fogosos, impacientes, desbordando y agitando testosterona después de días y hasta semanas sin ver faldas. 

La kinkona por su parte, se recogía en un banco a la orilla de su pieza en los burdeles de moda de aquel tiempo: El Carnavalito, El ferrocarril, Alas. Esperando aquella marea verde, siempre contenta, siempre complaciente, siempre paciente. Su cuarto : una cama de colchón de algodón, una paila (huacal), un pichel con agua y un rollo de papel higiénico a medio usar, y el olor característico entre hojas de ruda y sudores.

Esos lupanares eran más bien salones ubicados al sur de la ciudad, donde se bebía cerveza y las muchachas atendían a la clientela en servicios de corte sexual.  Los menos podían pagar por la compañía de una muchacha, compartiendo las bebidas y los cigarros de rigor y finalizando en el ejercicio corporal que da placer y también enfermedades sociales.

Dentro del cuartel de la brigada, se hacían bromas y se inventaban historias acerca de la kinkona,  uno de las mejores hazañas era el gustarle y gozar de su simpatía. Ella cotidianamente escogía entre una tanda y otra aquel joven que le cumplía en la cama y con el pisto, más en la cama, pues se rumoraba que la susodicha tenía “vaso blanco”, es decir que era ninfomaníaca. Este elejido gozaba de gran renombre entre la soldadesca, en donde se mezclaban sentimientos de rechazo y envidia por tener para él todo ese monumento.

Se desconoce cuántos prepucios habrá roto, sin embargo, era de conocimiento común que muchos de los jóvenes reclutados, habrían sido iniciados en esos menesteres por la famosa amazona, de allí su fama que tenía afición por los primerizos, y el temor generalizado de éstos en llegar a iniciarse con ella, algunos eran llevados a la fuerza en medio de bromas y gritos, constituyendo una algarabía y fiesta cuando un mozalbete salía de ese cuarto “gorilesco”convertido en hombre hecho y derecho.

La rutina vespertina del cuartel, era muy  agitada, muchos jóvenes tenían permisos especiales para estudiar, otros formaban para su licencia semanal y otros se salían de escondidas, provocando en la salida poniente de la ciudad se inundaba  de conglomerados de muchachos que caminaban rumbo a la ciudad.

 La oportunidad de estudiar en el Migueleño de comercio, le llegó cuando por sus notas y unas recomendaciones, don Chico Merino, contador vitalicio de la alcaldía y propietario del colegio le concedió una media beca, facilitando las cosas: su hermano mayor le cedió una bicicleta marca Peugeot de semi carrera, una verdadera joya, pues la había modificado con rines de aluminio, no podía pedir más.

Y así salía todas las noches en su bici, sorteando todo tipo de obstáculos, soltando las manos y jugando con las 12 velocidades que le hacían pedalear eficientemente en las cuestas o en los descensos. 

Ese día después de clases, dirigiéndose al cuartel, encontró unos compañeros que al verle, le gritaron “Han puyado a la kinkona!!!!”, “Han puyado a la kinkona!!!!”, por lo cual se veían varios caminando o corriendo hacia la ciudad.

Lleno de curiosidad, dio la vuelta, viendo el reloj que marcaba las 10PM, calculando que en ir y regresar pensó que podría estar antes de las 12, límite de su permiso diario, y así se regresó al sur de la ciudad, al “salón el ferrocarril”, en donde un grupo de personas comentaban y hablaban acerca del hecho.


Como pudo dejó la bicicleta en la entrada y en medio de la multitud pudo hacerse hasta llegar a la patio de la casa, en donde vió que el cuarto estaba cerrado, a lo que cuando preguntó que pasaba, alguien del público le contestó: que se había encerrado, pero que el puyón era leve, de hecho nadie le había visto sangrar.

En medio de conjeturas y comentarios muy propios de los migueleños, se había dispersado el asunto y más bien era una falsa alarma, y todo el escándalo lo causaba la fama de aquella mujer.

Satisfecha su curiosidad, se percató de la bicileta… al salir ya no estaba.

1 comentario:

Agapito Lopez Cazte dijo...

Me recuerdo cuando aprendia oficio al final de sexta avenida sue en el barrio la vega(la cuesta del palo verde) y alli conocia muchas trabajadoras sociales que las ame mucho y me respetaron.